Hubo una época de mi vida en la que lo único que podía hacer era pensar.
No podía mover los brazos. No podía mover las piernas. No podía rascarme la nariz si me picaba. No podía girarme en la cama. No podía abrazar. Ni siquiera podía hablar.
Lo único que podía hacer era pensar.
Cuando lo cuento hoy parece difícil de imaginar, incluso para mí. Pero durante muchos meses esa fue mi realidad. Mi cuerpo había dejado de responder y mi mundo se redujo a una cama, un respirador y una mente que no dejaba de hacerse preguntas.
Recuerdo aquellas noches interminables en la UCI y más tarde en el Institut Guttmann. Mientras el resto del hospital dormía, yo seguía despierto. Escuchaba el sonido constante del respirador, los pasos de las enfermeras por el pasillo, las puertas que se abrían y se cerraban, y sobre todo escuchaba mis propios pensamientos.
Pensaba mucho.
Demasiado.
Pensaba en mis hijos.
Pensaba en mi mujer.
Pensaba en mi familia.
Pensaba en mi negocio.
Pensaba en la vida que había tenido apenas unos días antes.
Y sobre todo pensaba en una pregunta para la que nadie parecía tener respuesta:
¿Por qué?
No entendía cómo algo así podía haberme sucedido a mí.
No entendía cómo había pasado de llevar una vida completamente normal a encontrarme atrapado dentro de un cuerpo que ya no respondía.
No entendía qué iba a pasar conmigo.
Y no entenderlo era probablemente lo más difícil de soportar.
Porque el dolor físico se puede medir.
La incertidumbre no.
La incertidumbre te acompaña cada segundo. Se sienta contigo. Duerme contigo. Respira contigo.
Y cuando no puedes hacer nada más que pensar, la incertidumbre se convierte en una compañera demasiado presente.
Durante aquellos meses tampoco podía comunicarme de forma normal.
Al principio nos entendíamos con algo muy simple.
Un parpadeo significaba sí.
Dos parpadeos significaban no.
Y cuando necesitaba llamar la atención chascaba la lengua para que alguien se acercara.
Más adelante me dieron un abecedario impreso en una hoja de papel. Estaba dividido en filas y columnas. Quienes me acompañaban iban preguntando letra por letra y yo respondía con los ojos.
Era desesperadamente lento.
Para construir una sola frase podían pasar varios minutos.
Pero cuando no tienes otra forma de comunicarte, aprendes a valorar cada palabra.
Con el tiempo, quienes estaban a mi lado llegaron a conocerme tan bien que muchas veces adivinaban lo que quería decir antes de terminar la frase.
Y aquello también era una forma de amor.
Durante muchos meses pensé que aquella sería mi nueva forma de comunicarme. Parpadeos, letras señaladas con la mirada y una paciencia infinita por parte de quienes me rodeaban. Hasta que apareció Judith, una logopeda del Institut Guttmann que me enseñó algo que yo creía imposible: volver a hablar.
No fue de un día para otro. Tuve que aprender a coordinar mi respiración con el respirador, a entender unos tiempos completamente nuevos y a reaprender algo que había hecho toda mi vida sin pensar. Hablar.
Recuerdo aquellos primeros sonidos. Eran torpes, débiles y seguramente difíciles de entender para cualquiera que no me conociera. Pero para mí fueron mucho más que palabras. Fueron una puerta que volvía a abrirse.
Después de ocho o diez meses atrapado dentro de mis pensamientos, poder volver a decir en voz alta lo que sentía fue una de las mayores conquistas de toda mi recuperación.
A menudo la gente me pregunta qué era lo que más miedo me daba durante aquella etapa.
La respuesta es sencilla.
Me daba miedo todo.
Me daba miedo no volver a ser yo.
Me daba miedo no volver a ser padre.
Me daba miedo no saber cómo afrontar la vida en la situación en la que me encontraba.
Me daba miedo dejar desamparados a mis hijos.
Porque si algo ocupaba mis pensamientos constantemente eran ellos.
Mis hijos eran mi mayor preocupación.
No me quitaba el sueño la boda que no había podido celebrar.
No me quitaba el sueño una fiesta aplazada.
Lo que me quitaba el sueño era preguntarme si volvería a poder ejercer de padre.
Cómo iba a acompañarlos.
Cómo iba a protegerlos.
Cómo iba a ayudarlos a crecer.
Durante mucho tiempo pensé que ser padre significaba hacer cosas con ellos.
Hoy sé que estaba equivocado.
Hoy sé que se puede ser un padre presente incluso cuando el cuerpo no se mueve.
Y también sé que hay padres con todas sus capacidades físicas que están mucho más ausentes que yo.
Pero aquel aprendizaje llegó mucho después.
En aquellos meses solo veía incertidumbre.
Hubo momentos muy duros.
Momentos en los que sinceramente pensé que no saldría adelante.
Momentos en los que el miedo parecía más fuerte que la esperanza.
Lo que más me aterraba era pensar que podía dejar solos a mis hijos y a mi mujer. No saber qué sería de ellos si yo no conseguía salir de aquella situación.
Sin embargo, mientras mi cuerpo permanecía inmóvil, algo dentro de mí seguía resistiendo.
No sabría explicar exactamente qué era.
Quizá instinto.
Quizá amor.
Quizá terquedad.
Quizá todo junto.
Pero había una parte de mí que se negaba a rendirse.
Con los años he entendido que en aquella cama descubrí algo que desconocía por completo.
Mi capacidad de adaptación.
Hasta entonces yo era una persona impaciente.
Si quería hacer algo, lo hacía.
Si tenía una idea, la ponía en marcha.
No estaba acostumbrado a esperar.
Y de repente la vida me obligó a aprender la lección más difícil de todas.
La paciencia.
Aprender a esperar.
Aprender a pedir.
Aprender a depender.
Aprender que algunas batallas no se ganan corriendo, sino resistiendo.
Aquellos meses me cambiaron profundamente.
No porque encontrara respuestas.
Sino porque aprendí a convivir con preguntas que nadie podía responder.
Y quizá por eso muchas de las reflexiones que hoy comparto nacieron durante aquellas noches.
Porque cuando te quitan el movimiento, el ruido y las distracciones, te ves obligado a mirar hacia dentro.
Y ese viaje es tan duro como transformador.
Con el tiempo llegó otro momento decisivo en mi vida. Después de la rehabilitación física llegó una depresión. Había sobrevivido a la enfermedad, pero todavía tenía que aprender a convivir con la nueva realidad.
Y fue entonces cuando apareció Albert Llovera.
Recuerdo una frase suya que se quedó grabada para siempre en mi cabeza:
"Búscate objetivos. No te rindas. Seguro que hay algo de lo que hacías antes que puedes volver a hacer."
Aquellas palabras me ayudaron más de lo que él probablemente imagina.
Porque entendí que no podía cambiar lo que me había ocurrido, pero sí podía decidir qué hacer a partir de ese momento.
Y desde entonces no he parado de marcarme objetivos.
Unos grandes.
Otros pequeños.
Pero siempre avanzando.
Siempre mirando hacia delante.
Siempre buscando la siguiente meta.
Muchos años después sigo pensando mucho.
Pero ya no pienso desde el miedo.
Pienso desde la experiencia.
Pienso desde la gratitud.
Pienso desde la certeza de que incluso en los peores momentos puede existir un camino.
Lo que más me sorprendió descubrir de mí mismo durante aquellos meses fue precisamente eso: mi capacidad de adaptación. Mi capacidad para no rendirme. Mi capacidad para seguir luchando cuando parecía que ya no quedaban fuerzas.
Si hoy pudiera acercarme a aquel Armando que permanecía inmóvil en una cama, le diría algo muy sencillo.
Le diría:
"Tranquilo. No va a ser fácil. Va a haber días terribles. Va a haber momentos en los que pensarás que no puedes más. Pero aguanta.
Porque dentro de unos años estarás haciendo cosas que ahora mismo ni siquiera puedes imaginar.
Vas a volver a ser padre.
Vas a volver a soñar.
Vas a ayudar a otras personas.
Vas a escribir libros.
Vas a dar conferencias.
Vas a formar parte de proyectos que cambiarán vidas.
Y descubrirás que la vida sigue siendo una mierda maravillosa.
Así que adelante.
Y a fondu."